miércoles, 11 de marzo de 2015

Regreso al día final del Colegio

“Regreso Al Día Final Del Colegio” (Relato de Sueño)












De vuelta a la época del colegio, en un sueño miraba todo vívidamente como si fuera ayer; sentí la ansiedad de cuando era estudiante y el pálpito se disparaba por la posibilidad de ver a Aurora. Concluido el devocional del bachillerato, siendo este el último del año en que se graduaba nuestra promoción; a la salida del auditorio, esperé tratando de divisarla… Me dí cuenta que tras dispersarse la multitud, no había señales de ella abajo de la pasarela de primaria ni por la cancha polvorosa de los partidos improvisados. Daba la impresión de que tocaría resignarme al sinsabor de una retirada, sería otra oportunidad frustrada.

No obstante, tras dar unos pasos, repentinamente me percaté que casi pasé de largo su silueta; de pronto sucedió, dí la media vuelta y ahí estaba, fue tal si avistase al arco iris. La chica había salido antes que yo; se encontraba platicando con cierta conocida suya y justo se despedía cuando fui a su encuentro. La saludé afectado por entusiasmo y una pizca de esperanza; ella aguardó por mí, uniéndose al compás de mi andado. Aunque ya decaía el atardecer, lograba aún distinguir el fulgor y verdor vibrante en el iris que ardía en su pupila, así pareciese casi todo el resto lucir en tono grisáceo, debido al efecto del oscurecer; mas yo me limitaría a ir caminando sobre las nubes junto a ella.

Esta vez tenía una intención que me consumía, la de confesarle mi sentir por ella. Buscaría excusas para seguirla viendo en el porvenir fuera de aquel instituto compartido. Manifestaría que nunca había añorado a una mujer de manera así de genuina y virtuosa como a ella, quien fue el génesis de mis romances. Dio origen a esa experiencia primeriza con el ímpetu del enamoramiento ingenuo, sin pretensión impura o intereses mundanos; habría de evocar naturalmente a la forma que tiene de querer y de la cual se sabe es exclusivamente capaz el corazón juvenil que nunca ha sido destrozado ni remendado.

Me esforzaba por hacerle reír, ya que disfrutaría al oír alegría reflejada en su reaccionar expresado durante esos instantes. Aurora, cuya faz contemplaba esta ocasión cristalinamente; al de nuevo advertir su presencia como hace tanto tiempo no la percibía. Era la de otra época, su cabello castaño con cola de colegiala entre el cual se colaba algún tenue rayo solar, sus ojos grandes y profundos se anclaban a mí. Así fuese efecto pasajero, enervaba su cercanía; el decoro en la suavidad de esa voz, cuya armonía se desenvuelve en su habla; e irónicamente me inquietaba hasta el punto de vivir trémula infatuación.

En ensoñación, veía nítidamente las instalaciones de mi Alma Mater, también de reojo a la falda cuadriculada, la albura de su piel, aquel monograma distintivo, el gancho de su pelo, su porte, su femenina forma de conducirse, el fatal entreabrir de sus labios rosa, en contraste con los demás tonos de su rostro falto de maquillaje, y a esa menuda blusa blanca. En ese encuadre, nos dirigimos hacia un área cercana al jardín de infantes, por la vecindad de mesas y áreas apacibles que solían estar desocupadas. A cierta distancia, pasamos  donde estaba un amigo mío, Henry Cartagena; quien yacía sentado en una mesa de la zona bajo la sombra de un árbol. No sé si después le hablaría, mas sí que él me vería en compañía de la figura inspirativa de mis versos y anhelos de edad tempranera.
  
Entonces, ella sonriendo preguntó sobre dónde podíamos sentarnos a conversar; sencillamente nos acomodamos enfrente de la grama. Todo anterior pensamiento o sensación en mí se interrumpió a raíz de un comentario suyo; intuí que ella se marcharía, por lo que pregunté si acaso era participe de alguna beca. Me contesto afirmativamente, añadiendo que además, su padre estaba trabajando en ese país (Luxemburgo), como oncólogo, donde  es significativamente costoso su servicio.

Inmerso en mi sorpresa, tan solo me atreví a sugerirle que estudiase conmigo alguna de las lenguas que se hablan usualmente allá; en esa lejana nación, como es el caso del francés, italiano o inglés. Aquella jovencita apreció el detalle de lo que ofrecí, con ese sobrio tacto, etiqueta y carisma que le caracterizaba. A pesar de tal fina sutileza, pude notar cuando de ella escapaba un leve y casi silenciado suspiro; se dibujaba en su semblante la incertidumbre. Quizás porque no sabía si sería posible que se concretara la propuesta; talvez por el desafío presagiado en su futuro, pero creo jamás habré de saberlo.

Luego, como si mi amigo supiera de su cruzada oceánica, buscando un destino mejor en otros rumbos; al fondo comenzó a emerger el sonido de la guitarra tocada por Henry, con la canción “Tu pirata soy yo”. Mientras tanto, veía a la chica suspendida en mutua encrucijada, con su mirada delicada; hoy tornada melancólica; robando el aliento, me volvió su fiel cautivo.

En plenitud de zozobra por la inminente partida, mis planes se truncaron y únicamente acordamos volver a vernos pronto en casa suya; le visitaría por vez primera. Me despedí de ella con nudo en garganta. Mas al mismo tiempo, parte de mi ser se llenó de expectación a causa de la latente oportunidad en la visión venidera de su mirad furtivo; así ocurra apenas una vez más.

Ella siguió su camino inescrutable, esos pasos se alejaban de mi lado; cruzando por la clase de química y el verde abundante del kindergarten, contiguo a los columpios y juegos infantiles; Aurora dejaba atrás no solo sus días del Colegio Bautista, sino al remanente de su adolescencia, el dulzor de bachiller, los años en que se experimentan un mar de despertares en vías de la adultez. Así se desvanecía el sueño más romantizado, sintiéndose real en demasía, tanto que dudo se repita uno igual en lo que me resta de vida. Imaginaré lo que pudo ser y no será. 

Jonathan Figueroa 

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