“Regreso Al Día Final Del Colegio” (Relato de Sueño)
De vuelta a la época del
colegio, en un sueño miraba todo vívidamente como si fuera ayer; sentí la
ansiedad de cuando era estudiante y el pálpito se disparaba por la posibilidad
de ver a Aurora. Concluido el devocional del bachillerato, siendo este el último
del año en que se graduaba nuestra promoción; a la salida del auditorio, esperé
tratando de divisarla… Me dí cuenta que tras dispersarse la multitud, no
había señales de ella abajo de la pasarela de primaria ni por la cancha polvorosa de los partidos improvisados. Daba la impresión de que tocaría
resignarme al sinsabor de una retirada, sería otra oportunidad frustrada.
No obstante, tras dar unos
pasos, repentinamente me percaté que casi pasé de largo su silueta; de pronto sucedió,
dí la media vuelta y ahí estaba, fue tal si avistase al arco iris. La chica había
salido antes que yo; se encontraba platicando con cierta conocida suya y justo
se despedía cuando fui a su encuentro. La saludé afectado por entusiasmo y una pizca de esperanza; ella aguardó por mí, uniéndose al compás de mi andado. Aunque ya decaía
el atardecer, lograba aún distinguir el fulgor y verdor vibrante en el iris que
ardía en su pupila, así pareciese casi todo el resto lucir en tono grisáceo, debido
al efecto del oscurecer; mas yo me limitaría a ir caminando sobre las nubes junto a
ella.
Esta vez tenía una intención que me consumía, la de confesarle mi sentir por ella. Buscaría excusas para seguirla viendo en el
porvenir fuera de aquel instituto compartido. Manifestaría que nunca había añorado
a una mujer de manera así de genuina y virtuosa como a ella, quien fue el génesis
de mis romances. Dio origen a esa experiencia primeriza con el ímpetu del
enamoramiento ingenuo, sin pretensión impura o intereses mundanos; habría de
evocar naturalmente a la forma que tiene de querer y de la cual se sabe es exclusivamente capaz el corazón juvenil
que nunca ha sido destrozado ni remendado.
Me esforzaba por hacerle reír, ya que disfrutaría al oír alegría reflejada en su reaccionar expresado
durante esos instantes. Aurora, cuya faz contemplaba esta ocasión cristalinamente; al de nuevo advertir su presencia como hace tanto tiempo no la percibía. Era la de otra época, su
cabello castaño con cola de colegiala entre el cual se colaba algún tenue rayo solar,
sus ojos grandes y profundos se anclaban a mí. Así fuese efecto pasajero, enervaba
su cercanía; el decoro en la suavidad de esa voz, cuya armonía se desenvuelve en
su habla; e irónicamente me inquietaba hasta el punto de vivir trémula infatuación.
En ensoñación, veía nítidamente las instalaciones de mi Alma Mater, también de
reojo a la falda cuadriculada, la albura de su piel, aquel monograma distintivo,
el gancho de su pelo, su porte, su femenina forma de conducirse, el fatal
entreabrir de sus labios rosa, en contraste con los demás tonos de su rostro
falto de maquillaje, y a esa menuda blusa blanca. En ese encuadre, nos
dirigimos hacia un área cercana al jardín de infantes, por la vecindad de mesas
y áreas apacibles que solían estar desocupadas. A cierta distancia,
pasamos donde estaba un amigo mío, Henry
Cartagena; quien yacía sentado en una mesa de la zona bajo la sombra de un árbol. No sé si después le hablaría, mas sí que él me vería en compañía de la figura inspirativa de mis
versos y anhelos de edad tempranera.
Entonces, ella sonriendo preguntó sobre dónde podíamos sentarnos a conversar; sencillamente nos
acomodamos enfrente de la grama. Todo anterior pensamiento o sensación en mí se
interrumpió a raíz de un comentario suyo; intuí que ella se marcharía, por lo
que pregunté si acaso era participe de alguna beca. Me contesto
afirmativamente, añadiendo que además, su padre estaba trabajando en ese país (Luxemburgo),
como oncólogo, donde es
significativamente costoso su servicio.
Inmerso en mi sorpresa, tan
solo me atreví a sugerirle que estudiase conmigo alguna de las lenguas que se hablan usualmente allá; en esa lejana nación, como es el caso del francés, italiano o inglés. Aquella jovencita apreció el detalle
de lo que ofrecí, con ese sobrio tacto, etiqueta y carisma que le caracterizaba.
A pesar de tal fina sutileza, pude notar cuando de ella escapaba un leve y casi
silenciado suspiro; se dibujaba en su semblante la incertidumbre. Quizás porque no sabía si sería posible que se concretara la propuesta; talvez por el desafío
presagiado en su futuro, pero creo jamás habré de saberlo.
Luego, como si mi amigo
supiera de su cruzada oceánica, buscando un destino mejor en otros rumbos; al fondo comenzó
a emerger el sonido de la guitarra tocada por Henry, con la canción “Tu pirata
soy yo”. Mientras tanto, veía a la chica suspendida en mutua encrucijada, con su mirada
delicada; hoy tornada melancólica; robando el aliento, me volvió su fiel cautivo.
En plenitud de zozobra por la inminente partida, mis planes se truncaron y únicamente acordamos volver a vernos pronto en casa suya; le visitaría por vez primera. Me despedí de ella con nudo en garganta. Mas al mismo tiempo, parte de mi ser se llenó
de expectación a causa de la latente oportunidad en la visión venidera de su mirad furtivo; así ocurra apenas una vez más.
Ella siguió su camino inescrutable, esos pasos se alejaban de mi lado; cruzando por la clase de química y el verde abundante del kindergarten, contiguo a los columpios y juegos infantiles; Aurora dejaba atrás
no solo sus días del Colegio Bautista, sino al remanente de su adolescencia, el dulzor
de bachiller, los años en que se experimentan un mar de despertares en vías de la adultez. Así se desvanecía el sueño más romantizado, sintiéndose
real en demasía, tanto que dudo se repita uno igual en lo que me resta de vida.
Imaginaré lo que pudo ser y no será.
Jonathan Figueroa
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